Panorama despejado en las dos grandes capitales para Almeida y Colau

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La decisión de Ada Colau, que durante los primeros días dudó si apoyaba al independentista Ernest Maragall, puede tener importantes consecuencias políticas de fondo. Para empezar, Colau logrará mantenerse como una

de las pocas de las llamadas alcaldesas del cambio si, como todo indica, Manuela Carmena pierde hoy su puesto a manos de un acuerdo PP-Ciudadanos-Vox que anoche quedó despejado, aunque aún pendiente del partido de Santiago Abascal.

Colau continuará siendo un símbolo de esa gran ola que irrumpió en 2015, en pleno hundimiento del PP y del PSOE, y que en estas elecciones se ha quedado en una pequeña corriente. La alcaldesa se mantendrá así como referente del mundo a la izquierda del PSOE. Su pacto con el PSC, que ella misma rompió hace un año y medio, empuja también a un acercamiento entre los dos grupos clave para la legislatura en el Congreso de los Diputados, el socialista, con 123 escaños, y el de Podemos, con 42.

Ese acuerdo, sin embargo, puede traer consecuencias negativas para la investidura de Pedro Sánchez. ERC tenía todas sus esperanzas puestas en la conquista de Barcelona con un peso pesado como Maragall, hermano del histórico alcalde del PSC y expresidente de la Generalitat, ahora en las filas independentistas. Ese ha sido precisamente el argumento de Valls para entregar los votos gratis a Colau: la necesidad de evitar que el independentismo, que ya domina la Generalitat, controlara también un lugar tan simbólico como Barcelona. Sin embargo, ese movimiento no ha gustado nada al líder de Cs, Albert Rivera, que se encuentra mucho más cómodo en el bloque de la derecha y rechaza abstenerse en la investidura de Sánchez, aunque eso serviría para evitar que el socialista tenga que recurrir a la abstención de los independentistas.

Esa tensión en Barcelona, donde ERC considera que merecía la alcaldía por ser la fuerza más votada —aunque empatada a escaños con Colau— , puede tener consecuencias en las relaciones entre el grupo de Oriol Junqueras y el PSOE. Los socialistas aún mantienen la presión para que Cs y PP se abstengan en la investidura de Sánchez, y confían en el efecto de algunos movimientos incluso internacionales, como el disgusto expresado por el Gobierno de Emmanuel Macron, un aliado de Rivera; pero ese escenario parece muy improbable, por lo que la abstención de ERC se hace imprescindible. A partir de hoy habrá que ver qué consecuencias tiene esta decisión de Colau y el PSC, que los independentistas viven como una afrenta muy grave.

En Madrid, el tira y afloja de los últimos días quedó anoche aparentemente resuelto. Cs cedió en su idea inicial de exigir al PP dividir la alcaldía dos años para cada partido. La formación de Rivera apoyará finalmente al popular Martínez-Almeida, que depende ahora de los votos de Vox, molesto por los recelos de Cs a hacerse fotos con ellos.

La política española ha dado un vuelco radical en los últimos cinco años, desde la aparición de Podemos y la consolidación de Cs. A esas novedades, que ya marcan los Gobiernos en casi toda España, se sumó este año Vox, el quinto elemento. La noche electoral todo parecía muy abierto, con posibilidades de pactos cruzados en toda España y un gran protagonista central: Cs, que podía sacar mucho partido si decidía jugar a dos bandas. Pero después de tres semanas intensas de negociaciones, el mapa que quedará hoy en toda España consolidará una idea clara, con algunas excepciones: el país ha pasado del bipartidismo que dominaba hasta hace cinco años a una división en dos bloques. Ese bibloquismo se repite por casi todo el país con las formaciones locales como eje de algunas balanzas. Cs no ha querido jugar a esas dos bandas, con la excepción de Castilla-La Mancha, donde ha pactado con el PSOE.

Ese fraccionamiento ha dejado 1.500 municipios en los que son imprescindibles los acuerdos. Habrá sorpresas e incluso algún pacto antinatura por cuestiones puramente locales y disputas personales, pero la gran mayoría irá por la vía más previsible: PSOE, Podemos por un lado; PP, Cs y Vox por el otro. La decisión de la formación naranja de preferir en casi todos los casos una alianza con el PP —y de forma indirecta con la extrema derecha— a un pacto con los socialistas dio a Vox un enorme protagonismo en las últimas horas, muy superior al que podría esperarse tras su discreto resultado el 26-M.

Vox hizo sufrir a todos hasta el último minuto, pero no porque exija entrar en los Gobiernos, algo que Cs ha dicho que no aceptará en ningún caso, sino porque reclama que se le reconozca como un actor clave. El PP, origen de buena parte de sus dirigentes y votantes, no tiene ningún problema en avalar a Vox como un agente igual que los demás. Pero el partido de Rivera ha tratado de mantener una especie de realidad paralela en la que usa los votos de Vox para gobernar pero no quiere negociar con ellos. Casi finge que no existen.

Esa estrategia funcionó en enero en Andalucía, donde Vox aceptó un acuerdo sin una sola reunión con Cs, pero el partido de Abascal ha tomado nota y ahora está sacando todo el jugo político a sus votos. En Andalucía ha logrado el primer documento conjunto con Cs, que ya acepta hacerse fotos allí con ellos. Y anoche mantenía en vilo a la derecha en ciudades clave como Madrid o Zaragoza con la amenaza —que nadie acaba de creer— de dejar que la izquierda tome el poder si Cs no negocia con ellos.

A última hora, los de Rivera empezaron a aceptar reuniones con Vox, como la que hubo en Zaragoza. Hoy se verá si esa tensa cuerda Cs-Vox se rompió en alguna ciudad o finalmente todas las piezas encajaron en esta nueva era del bibloquismo.

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